Un rostro mariano de la Iglesia

Estrenamos una nueva sección en nuestra web: un rostro mariano. En este espacio se publicará el trabajo realizado -y el que se vaya realizando- con el que queremos dar a conocer un rostro mariano de la iglesia: el nuestro, el de los Maristas. Serán seis los rasgos destacados que se van a ir publicando con el tiempo. De momento publicamos el primero de los seis folletos de que constará esta colección. Este folleto se centra en la actitud de presencia y cercanía.

El documento del XXI Capítulo general se caracteriza por una presencia sumamente destacada de la Madre del Señor. Casi en todas las páginas encontramos a la Virgen María. Ha estado tan cercana que los capitulares se han sentido como sumergidos en un sueño, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús: “¿No teníamos todos el corazón encendido?”(Doc.Cap.p.24). Estos corazones abrasados sentían nacer en ellos las energías para la misión con un estilo nuevo, más generoso, más entusiasta, a la par que el deseo de entregarse por entero al Señor. El sueño de los capitulares se traducía en la llamada fundamental: “¡Con María, salid deprisa hacia una tierra nueva!” Sueño lleno de energía, puro don del mismo Espíritu que había sobrevolado a María

Así se orientaba el Instituto y a los Hermanos: llegar a ser nuevos, jóvenes, generosos para salir con María hacia una tierra nueva: un nuevo modo de ser consagrados, un nuevo modo de testimoniar al Señor y la disponibilidad para nuevas misiones.

Las palabras del Superior general, H. Emili Turú, al presentar el Documento del XXI Capítulo general, invitaban a los Hermanos y Laicos maristas a no interrumpir el diálogo tras el Capítulo…al contrario, “todos deberíamos sentirnos interpelados para proseguir el camino de escucha y de diálogo, ahondando en la llamada del Señor para el Instituto marista de hoy”. (Doc. XXI. Cap. p.5) Frases estas que subrayan el desafío para continuar el diálogo.

Mientras tanto, un nuevo centro de atención emergía, señalado por nuestro Superior general: « Poner de manifiesto el rostro mariano de la Iglesia y nosotros, ‘Pequeños hermanos de María’, asumirlo de tal modo que aparezca con claridad en la Iglesia »

El H. Emili recordaba la imagen de la que se había servido Juan XXIII para describir a la Iglesia: “Una fuente en la plaza pública”, lugar donde apagar su sed de verdad y de comunión, “imagen que muestra bien el rostro mariano de la Iglesia”.

Aunque la expresión « rostro mariano de la Iglesia » no aparezca nunca en el Documento del XXI Capítulo general, (y que la misma Iglesia tenga una presencia secundaria), esta realidad aflora con frecuencia, ya que se conjuga con la llamada fundamental: “Con María, salid deprisa hacia una tierra nueva”. Así, en la página 20, cuando se trata de reconocer la vocación del “laico marista”, se dice que formamos “todos juntos una Iglesia profética y mariana”. Ya la página 15 nos había invitado a algo más profundo: “Como hermanos y hermanas, tened presente este amor y este rostro materno de Dios”( ). En María se refleja el mismo amor de Dios, un amor materno más fuerte que el amor de las madres: “Acaso la madre olvida a su pequeño, se olvida de mostrar ternura al hijo de su misma sangre?. Aunque le olvidara, ¡yo jamás te olvidaré!”( ). Este rostro de Dios se refleja en los ojos de los niños, en sus sonrisas y en sus lágrimas: “En su rostro encontramos el mismo rostro de Dios” (p.22). Otros pasajes del Documento (p.19), nos incitan a convertirnos en signos: “Hermanos entre hermanos, llamados con ellos a ser signos del Reino…apasionados para ser signos del amor de Dios… y llegar a ser memoria evangélica pare el mundo”

La plegaria que los capitulares dirigen a la Virgen María afirma que nuestra familia internacional « debe ser signo de comunión en la Iglesia y en el mundo »(p.29). El Hermano que camina con María tendrá un corazón misionero y será “testigo de una experiencia de fe encarnada y gozosa…” ( )

Heme aquí, hermano o laico marista, interpelado para ser signo del Reino, signo del amor de Dios, signo de comunión, memoria evangélica del mundo, testigo de una experiencia de fe encarnada y gozosa. Los capitulares nos recuerdan nuestra vocación, difícil pero estimulante. Para llevarla a cabo debemos situarnos en la escuela de María, de la que participamos “en su maternidad espiritual” (Const. 84).

El rostro mariano es el rostro de María reflejado en el rostro de la Iglesia, aunque aparezca formado por el gran mosaico de nuestros rostros. ¿Todavía muestra la Iglesia un rostro sin nosotros?

Sin embargo, el rostro de María no es una realidad inicial; él mismo es el reflejo del amor de Dios; María es la morada del amor de Dios, en ella vive el amor de la Trinidad. Por lo tanto, hablar de María, con un lenguaje preciso, es hablar de Dios, fuente de todo amor, fuente de toda la riqueza espiritual del rostro de María y del rostro de la Iglesia. El origen no está en María ni en la Iglesia sino en Dios y en el Hijo “nacido de una mujer”. Todo lo que puede ser expresado positivamente “del rostro mariano” de la Iglesia, debe ser considerado como reflejo del rostro de Dios.

Hablar de María es hablar de « mujer, amor, esposa, madre, vida, educadora, responsable, discípula, compañera, hermana, laica, fiel, capacidad de comunión y de sufrimiento » La misma Iglesia es todo eso porque María es Iglesia y espejo de la Iglesia. Y cuando somos llamados a hacer revivir en nosotros el rostro mariano de la Iglesia, debería mostrarse en nuestros rostros, en nuestros comportamientos, la riqueza de estos rasgos de María y de la Iglesia.

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