Recuerdo de la celebración de Pentecostés

19/06/20. Esta cuarentena ha sido una de esas ocasiones particulares en las que la vida te sorprende. De un día para otro el escenario es diferente y ves que la rutina cotidiana se ha trasformado. Del ruido se pasa al silencio y del vivir frenético para fuera nos tenemos que parar de pronto y vivir hacia adentro. Estamos aturdidos por el golpe. No nos despegamos de la televisión. Nuestras únicas salidas son a la ventana real y a las virtuales, a las ominipresentes pantallas sean del tv, del ordenador o del móvil. Nuestros ojos dejan de ver la luz del sol para ver luces en toda la gama de azules.
El estupor da paso al miedo y éste al dolor, al dolor propio y al dolor común compartido. La soledad se muestra en todas sus facetas. Es obligado parar y mirar al mundo y mirarnos a nosotros de frente. Lo importante gana esta vez a lo urgente y nos planteamos qué es lo esencial, aquello de lo que no podemos o no queremos prescindir. Y nos damos cuenta de que lo que merece la pena realmente es la red de personas que nos rodea, el tejido afectivo. Nunca tan fuerte brota la certeza de que el aislamiento y la soledad, junto con el miedo, son muy dañinos, como la propia enfermedad. ¡¡¡¡¡Cuánto sufrimiento alrededor!!!!
Y en éstas, el calendario sigue corriendo y nos encontramos, tras una cuaresma “fina”, que ha llegado la Pascua, y, de entre esta maraña de sentimientos encontrados, cobra más sentido, si cabe, acompañar el sufrimiento de Aquel que lo eligió voluntariamente por amor. Hemos recibido el regalo de la fe, fundamental y vertebradora, siempre, pero especialmente en estos momentos. Y en este contexto, poder vivir la pascua desde nuestra espiritualidad propia es un lujo que hemos podido disfrutar, con toda la carga etimológica de esa palabra, sacar el fruto. Y, también en esta ocasión, toca hacerlo en red; todo un símbolo. Una red es algo que utilizamos a menudo e incluso utilizamos la expresión de “es una red a modo de salvavidas”. En cierta manera todos somos equilibristas. Y ahora nuestra red salvavidas Internet, ha posibilitado no sólo el medio de trabajo, sino también el vínculo para unirnos, ha servido para urdir un tejido de acompañamiento, una malla que nos sujeta y nos une por dentro con cada nudo. Hemos estado aislados, pero no solitarios. Ha sido un gran acierto escoger el lema de la Pascua Familiar 2020.
La red ha sido nuestro medio de comunicarnos con el mundo estos días y con nuestra red más pequeña, la marista, que nos ha permitido vivir realidades provinciales de forma muy cercana; gracias, Ernesto, por poder compartir y orar por y con nuestros hermanos que estaban luchando por su vida; gracias, Lalo, por ponernos a los hermanos mayores de La Roca en red) y ver tantos rostros conocidos en la pantalla. La red, siempre la red, que nos ha hecho llegar las motivaciones en forma de videoconferencias muy bien diseñadas (¡cuánto trabajo hay detrás de cada una y vaya equipazo!), con ese estándar de calidad de los contenidos en ese lenguaje aparentemente sencillo (Gracias siempre, Chema), iluminados por Silvia, en quien el Arte se hace teología; el sabroso compartir después (qué pena que no se haya grabado también esta parte, comentarios de Gabi incluidos) y la alegría al vernos las caras…Todos son trazos que forman la red. Más tarde, tras “el subidón”, la posibilidad del trabajo personal posterior, con calma, a la luz de lo sugerido. La red se ha colado en lo más íntimos de nuestros hogares, más iglesia doméstica que nunca.
Vivir la Pascua, en red, este año, liados con vosotros ha sido un regalazo. Ha sido especial. Un alimento a las raíces. Un soplo de aire fresco. Gracias a todos y cada uno que lo habéis hecho posible, GRACIAS, de corazón. Seguiremos en-red-ados.


Miguel Ángel y Esperanza Vadillo-García