Sanar en tiempos de pandemia

17/07/20. El filósofo alemán Odo Marquard nos invitaba a aceptar la propia vida con una frase rotunda y llena de sabiduría, que obliga a detenerse en la reflexión: “Es libre quien es capaz de reír y de llorar; y tiene dignidad quien ríe y llora, y entre los seres humanos especialmente quien ha reído y llorado mucho”. La libertad y la dignidad que nos constituyen como humanos y es la condición de posibilidad para la risa y el llanto. Y es que somos seres frágiles. No deberíamos tener grandes problemas en reconocerlo. Sin embargo, nos cuesta aceptar con todas las consecuencias que la condición humana es débil y quebradiza. Resulta tremendamente paradójico cómo, en una sociedad donde todo se ofrece a la mirada de los demás, el dolor se intente esconder debajo de la alfombra u ocultar a miradas ajenas. Nos gusta presentarnos siempre sonrientes ante el mundo, mientras queremos ocultar nuestras lágrimas.
Quizá en este tiempo que nos ha tocado vivir, todo esto alcance un nuevo sentido. Simone Weil, una pensadora francesa del siglo pasado, a la que deberíamos volver con cierta frecuencia, señalaba que el único amor es el que se dirige a lo más frágil de la persona amada. Y es que cuanto más buscamos la perfección más nos alejamos de la dinámica del Reino. Cuanto más compartimos nuestras propias fragilidades nos hacemos más humanos y, aunque suene paradójico, más fuertes.
En el fondo, es lo que le sucede a Zaqueo. El Evangelio nos habla de un cambio radical en la vida de aquel como consecuencia de este encuentro con Jesús. Un cobrador de impuestos se transforma en un hombre más capaz de amar a su prójimo y, por extensión, más feliz. ¿Pero por qué? Pues porque ha recibido amor, se ha sentido amado, acogido, querido... Y lo mismo sucede con todos nosotros cada día: siempre que nos dejamos amar y que amamos nuestra vida, brota de nosotros con naturalidad la alegría, la paz, el deseo de servir al otro...
Por esta razón los cristianos decimos, confiados, que Jesús es sanador. Los conceptos sanar, curar, salvar o dar vida van de la mano en los Evangelios. No son sinónimos, pero se les parece. De hecho, la amplia tradición cristiana es rica a la hora de presentar a Cristo como un médico integral del cuerpo y del alma. Al inicio del evangelio de Marcos, se nos presenta la curación del paralítico en Cafarnaún, donde podemos descubrir a un Jesús que perdona pecados y cura al enfermo consciente de lo quebradizo de la condición humana y de la necesidad de hacer frente al pecado, la enfermedad y la muerte. Todo ello se hace realidad en los sacramentos de curación, la reconciliación y la unción de enfermos, que nos acercan de nuevo a la vida como don y fuente del Amor desde la fragilidad de nuestra humanidad.
Dios nos reconoce tal y como somos, con luces y con sombras, con alegría y con dolor, con verdad y con mentira, con nuestro servicio y con nuestro egoísmo. El abrazo del Padre es a nuestra vida concreta y no puede (ni quiere) dejar nada fuera: nos ama incondicionalmente. Somos nosotros los que tenemos más dificultades para aceptarnos. Aceptar que Jesús es sanación supone que nos aceptemos. Quizá debemos reconocer que este camino nos ocupará toda la vida, sabiendo que en Él estamos acompañados. Tal como pasó con Zaqueo, somos nosotros hoy invitados a recibir este abrazo de Dios, que nos está diciendo: te amo, te quiero, te quiero mucho, tal y como es, sin más. Y es que sanación es sinónimo de salvación, de nuestro encuentro con Dios.

Joseba Louzao 

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