Tras los pasos de Marcelino

21/11/19. Como antiguo alumno del colegio, he oído hablar de Marcelino desde muy pequeño. Según crecía, fui descubriendo que aquel “personaje” que estaba colgado en la pared de mi clase de infantil, era un hombre de carne y hueso, sencillo, trabajador, con mucho amor a los niños y que confió siempre en la Buena Madre, incluso en los momentos tan difíciles por lo que pasó.
Poder estar y degustar los lugares donde vivió era un sueño que tenía desde hace mucho tiempo y estaba a punto de cumplirlo. Empezaba un viaje junto a un grupo de 21 personas entre adultos, jóvenes y niños, perteneciente al Grupo Marista de Encuentro de Padres.
A las pocas horas de dejar el colegio, estábamos entrando en el patio de San José de la casa del Hermitage. Una carretera sinuosa, a través de un valle en pleno parque natural del Pilat, nos condujo hacia el lugar escogido por Marcelino para la construcción de la casa. Se encuentra jalonado por una montaña y un río. La solidez y la firmeza de la roca junto con el dinamismo constante del agua son rasgos que definen bien su vida.
La entrada actual se realiza a través de un edificio de reciente construcción, que se une a la casa original a través de un puente. En medio, el río Gier. Lo nuevo y lo antiguo unidos.
Nos estaban esperando dos hermanos y una laica marista. Y es que la comunidad que vive en el Hermitage, la componen hermanos y laicos, hombres y mujeres de diferentes nacionalidades. La acogida llevaba el sello marista: personas muy cercanas que, pese a acabar de conocerlas, en seguida nos hicieron sentir en familia.
Junto con nosotros, había dos grupos más. Una convivencia de alumnos maristas de un colegio francés y un grupo de hermanos mayores procedentes de varios continentes. Nuevas generaciones junto a otras más veteranas compartiendo el mismo proyecto. Nos esperaban tres días muy intensos, cada uno de ellos dedicado a un pilar del carisma marista: la espiritualidad, la fraternidad y la misión. Tres días, con tres preguntas: ¿de dónde vengo?, ¿cómo comparto mi vida? y ¿hacia dónde quiere Dios que vaya?
Durante la primera jornada, estuvimos recorriendo la casa y su historia: la capilla, la habitación de Marcelino, la sala de la primera comunidad, la exposición, …; nos “calzamos” los zapatos de Marcelino y recorrimos los alrededores, esos senderos de montaña, que pateó tantas veces. Terminamos el día con una celebración muy emotiva, en torno a la urna donde se conservan sus restos.
En el segundo día, después de conocer la iglesia de Marlhes y visitar la casa natal de Marcelino, compartimos mesa y vida con las comunidades de hermanos del Hermitage y Rosey. Todavía recuerdo sus testimonios. Finalizamos la jornada con una eucaristía en torno a la mesa de La Valla, donde los primeros hermanos pasaron tantos ratos y soñaron un “sueño” que llega hasta nosotros.
El último día, nos trasladamos al santuario de Fourviére. En la capilla de la Virgen, donde Marcelino realizó la promesa a María, hicimos una oración centrada en la misión. Después de contemplar la fabulosa vista de Lyon, iniciamos la bajada a la ciudad. Mientras recorría los números escalones, reflexionaba como la experiencia de estos días podía transformar mi vida.
AHORA es nuestro turno, es hora de ponernos en camino y aceptar el reto de mirar con los ojos de Marcelino. Hoy, niños y jóvenes de las periferias siguen necesitando personas que les muestren un mundo lleno de esperanza.

Tomás Gil López (San José del Parque)